Jesús, hundo mi mirada en ti. Y me extravío en tu contenido divino. Hállame líquido debajo de un velo salino. Recógeme aunque me cuele entre tus dedos. Tus ojos ilusionados sonríen mi destino. No desistas Señor, te lo pido. Gracias por no cesar de intentarlo. Necio lo he hecho a mi manera. Ahora amóldame Dios, despacio como quieras. Y tállame tierno sobre la mesa de tu corazón. Aunque duela porque hagas fuerza contra la prensa de tu amor. Ya sé que curas con heridas, y que contigo viven los que acepten morir. No me parece, pero te lo acepto. La verdad es que después de ti, ya no queda nadie más. He llegado a mi límite y no puedo un paso más. Es salvaje sufrir. Jesús, eres santo y empático. Comprendido, lloro más desde tus entrañas, como un niño por su juguetico roto. Como la impotente madre que vio cadáver a su único hijo. Es duro amar y tener que esperar. Amar sin ser amado. Besar al viento con citas ilusorias. ¿Jesús, por qué el aborto de nuestros sueños, y por qué la distancia para el amor? O amar como poeta y leerse amor probeta. ¿Por qué otro nido desecho por la contienda? La inocencia sin garantías, ¿por qué? ¡Tan porcelana la vida! Como una mariposa libre: es bella sólo si nadie la profana.
Tus manos muestran el rastro que me he quedado en ellas. Jesús, te has manchado. Hay polvo sobre tus viriles risos cafés. Y te oigo encantado; el viento me trae el silbido músico de tus labios. Sigues realizado por aferrar sobre tu pecho nuestros íntimos ensueños. Es tu alma ilusionada traspuesta a la inspiración. Espontáneo entonces, mi corazón extiende creyente sus débiles alas. Y reincorporado se acomoda descollante en la cima de sagrados ideales; Jesús, son los cumbres y divinos tuyos.
Él cierra sus ojos castaños y libre se priva con sus sueños conmigo. Jesús se ha abstraído. Los ángeles lo admiran. Una esperanza con infinito. Con Él no existe el caso perdido. Señor, me harás hoy tu mejor pieza; déjame con la voz silente de un asequible mueble útil. Sin el ruido publicista de esta gloria ebria. Desde luego, anónimo; sin un nombre lustrado de Babel. Sin motes ni apelativos, pero Jesús, todavía como un sencillo mueble que sirva a todos, bajo tu más común epíteto: Jesús.
