Jesús, ¿por qué lo reintentas? Tu mirada naufraga sobre un nacimiento de lágrimas. Las mías. Es el velo acuoso de un amor en su repliegue. Una llovizna compasiva tuya, me salpica de vida, con el reojo al mirarte. Son tus ojos Señor. Y los poros de mi pecho han cerrado hasta sus cortinas. Suspiro desde el polvo. No sé si lo nuestro merece seguir. Un eclipse de errores persuade que no. Hay manchas leprósicas que violan el alma. Me miras y te evado. El piso, registro fidedigno de caídas, secuestra grosero mi brillante destino. Mi alma encallada, pidiendo auxilio te lo grita. Jesús, tu presencia cálida me acoge. Y musitas el perdón con los labios empapados de una canción. Y cedo. Es tu gloria cuando sana la fe en su hálito final. Aquí encuentro paz. La tuya. Con la envoltura de tus brazos, me declaras otra nueva confesión de amor. E inhalo, de su sustancia, la fragancia. Tu fe inunda los bronquios de mi alma. Con besos de misericordia, unges las heridas de mi traición. El frío pálido de la duda, de asombro se momifica. ¡Y yo te adoro!
Y me postro en dádiva a tus pies. Jesús, soy un deudor que de amor enmudece. Interpreta tú el lenguaje del alma en su desenlace. Contaminación cacofónica para otros. Una eufonía amorosa en los tímpanos de la divinidad. Tu gracia me sabe a dulce. Prodigas una sonrisa que ni los ángeles reproducen. Juntas mis manos erráticas en medio de las rollisas tuyas. Y tu cabellera risada trae una cascada de lágrimas que me bautiza de gozo.
Del panal de tu pecho descargas las mieles no vendibles del perdón. Y ávido me dosifico. Es aquí Jesús, donde anhelo quedar. Obsesionado en tu interior. Sin horarios. Sin rituales. Sin paredes. Donde puedo derramarme y sin disfraces, como soy. Sin la venia de una religión. Donde hay amor sin rechazos; porque te has dado, entero y no en retazos. En un holocausto de agradecimiento, me elevo voluntario en ofrecimiento, para deshacerme y desaparecer así, como grato sacrificio, en un suave incienso de adoración.
Muy bello, no cuestiona el razonamiento ni analiza mi sentimiento, ni pregunta el por qué lo hice. Si Pastor ése es mi Jesús.
ReplyDeleteTienes razón. La gracia de Dios lo sabe todo, ¡absolutamente todo! Dios no está hambriento de prestigio para preguntarnos y por qué, con el reclamo acentuado en unas cejas respingadas. Dios se ha negado a sí mismo para decirnos sí a nosotros. ¿Alguien dirá 'amén' a esto?
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