Desplaza la vida una caricia semi ártica. Se ahoga un suspiro de relaciones. Gemidos guturales. Un agrio desprecio congela burlesco la voz del aliento. Es la existencia bajo un cielo plateado. Y el corazón padece insomnios de amor. El sol que conspira hace muecas negras. Amanecen las aves con arpegios desconsolados. Jesús, me comprendes con el abrazo de tu piel. Tierno y fuerte. En la fetidez de mi amargura. Porque inhalas mis lágrimas sordas con los poros de tu intimidad. Señor, el roce cálido de tu voz me adopta. Y me atrae adonde se desviste Dios. Y me has hallado Jesús, fondeado inmóvil en el pasado. Adonde la sonrisa mudó su firma en una pálida arruga. Cuando leo el calendario hacia el ayer, de derecha a izquierda. Y me palpas con afecto hasta donde no me siento. Adonde se ahogan los suspiros, y se paralizan los nervios de la alegría. Y te quedas en mi fuero interno, en la residencia de mis sueños en coma. Para llorar conmigo, para volver a creer. Para devolverme virgen la vida. Eres el Sanador de las sonrisas del alma. El fresco arcoiris para sonreír reciente. Quien extiende la alfombra de sangre para andar de nuevo.
Y me restauras Jesús, con la mirada de tu paciencia, con las yemas de tu sabiduría, y con la influencia de tu perdón. Cuando la vida se descoloca por dentro. Y te mezclas en la insolvencia de mi existencia. Sonríes Jesús y te plasmas en el alma. Y grabas en ella tu gozo de vivir. Tu sustancia. Tu esencia. Tu sangre se perfila en sonrisas en el lienzo del ser. Eres radiante en nuestros ocasos grises. La luna en nuestras noches sin aroma a sereno. El enérgico elixir cuando el gozo huye. Eres Jesús, el brillo para este sol marchito, y el bálsamo de aquella flor estéril.
Una inspiración sin confines dibuja Jesús en nuestros sueños. Sólo Él revive al alma y la agiganta. Y trae su divino amanecer en la medianoche del ser. La luna bailará bella sin inhibiciones. Su cabello grácil jugará en este rostro trémulo. Un vuelo de amores peinará nuestros horizontes. Con su derrotero y sin raciones. Con su divina pasión. Una rosa florecerá en la colina de la muerte. Y su gracia rediseñará el eclipse de nuestros soles. Es Él, Dios, quien hace brincar a las almas con vítores en las palmas. Y fabrica un tambor de sonrisas en el centro del tórax. Jesús, tu amor me hace celebrar.
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