Se avienta una lágrima desde el barandal de la vergüenza. En el vacío ciego de la duda. Aferrada a la memoria de la desgracia. Y se atrapan mis suspiros en la ciénaga de la desconfianza. Los sentidos traicionan con el vapor de la falacia. Mi arpa cedió en empeño sus cuerdas acrisoladas. Un extraño silbido de muerte emite sin ellas. Negras ojeras merodean mis estrellas. Habrá luna pero será insípida su miel. El sol pernocta bajo cartones en el horizonte. Y gimo Jesús en las garras de un negro ocaso. Como un girasol sin sol. Bajo la nube de ásperos aromas, en un jardín de logros desechos. Un alma lisiada desacreditada de amores. Adoptada en tu abrazo Jesús. Sin condiciones. En el pecho de tu imparable amor. Adonde se inmuniza la gracia. Tu afecto por mis pedazos. Un beso tuyo en mis párpados impúdicos. Tu amorío con mis heridas. Eres quien aplacas la sed de mis lágrimas. El que me abrigas por dentro en mi viuda soledad. El que escuchará mi llanto cuando sonría. El que se quedará junto a mí en esta playa con brisa amarga. El que tragará grueso conmigo cuando me trague el descrédito. Te amo Señor porque tus labios jurarán por los infieles míos. Porque pondrás tu cara por la mía cuando mis detractores me enrostren los errores.
Y lloro sobro tus manos donde juntas mis añicos. Y no es la colección del rencor, es tu fe en mis escombros. Tu brillante futuro sobre el debacle de mis cenizas. Y abreva mi alma la pureza de tu sangre. Tu nobleza de perdonarme. Y unjo Jesús tus heridas con un rocío de lágrimas agradecidas. Te contemplo y tu sonrisa me esperaba. Y con una oración me elevo hasta el hoyuelo de uno de tus camanances. Y me alojas Señor. Como el lunarcito de nacimiento. Como la cicatriz de un viejo pellizco. Imborrable. Como quieras, pero déjame prendido a donde sea. Como collar de amor sobre tu honrado pecho.
Creo en ti Jesús, aunque los míos no me regresen el respeto. Aunque el otoño se apague en la entrada. Aunque el sol me enfríe de miedo, y la luna me encandile burlezca. Creeré en tu amor aunque la poesía me abandone en la soledad. Aunque los cielos se me cierren con nubes de acero. Eres Señor, el Dios de mi desierto. El brillo de mi alma en esta pesadilla de inciertos. El dueño de mi destino. Jesús, tu afecto me sabe a sabores no descubiertos. A canciones vírgenes. Como la tersura de un beso en versos. Porque me cantas con amor de púber, y te digo Jesús, gracias por abrazarte de otro corazón hecho pedazos. Gracias Jesús...
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