Adentro de un santuario vetusto y húmedo de tanto abandono, aparece Dios en el altar de su ausencia. Y yo me le inclino en un eclipse de lágrimas. Susurra el omnielocuente una evasiva desde el púlpito de su silencio. Sobre el estrado de su pasividad se revuelcan nuestras almas. Y no es drama de irreverencia, es el grito de una pesadilla reprimida. Y si Él se dejara ver le diría desde los límites de mi esperanza, que he venido a declamarle mis infectados reclamos. Le pediría que oiga este concierto de porqués. Pero me busca Jesús, cuando creo que ya no le creo. Y más me abraza firme y libre, aunque respire en mi aliento una fe ebria con mis rancias dudas. En esta cita tras la espalda de una luna resentida, el suicidio cultiva flores negras para la asfixia del pecho. El Eterno se nos congela con su distancia. Señor, tu silencio nos hiere desde adentro. ¿Y con quién se dialoga si tú no estás, sin pensarnos esquizofrénicos? Se zarandea el alma con el frío de tu ausencia. No te luzcas cruel, por Dios. Invaden a mis poros olores de un museo de osamentas. ¿Dónde está el brazo de quien todo lo puede? Pero aquí te quedas Jesús, cuando se apagan todas mis confesiones estrellas, para caminar paciente conmigo sobre estos pétalos resecos y teñidos de un coágulo viejo; y para alzarme en brazos, aunque yo dude si aquí el divino Galileo esté conmigo.
Y llevas el alma hasta tu pecho Señor, para que comulgue sus quejas con la atenta tuya. Hasta el calor debajo de tu primera piel, para esconderla en las cavidades de un afecto virgen. Adonde se enamora el amor. En la camita adonde acunas al hijo concebido en violación. En la cabina de tu cariño para aguardar arrullado tu mejor manifestación. Es que has venido Jesús, para susurrarnos amores desde el mismo nivel de la lona. Porque en tu interior no llegará el atroz chirrido de un murciélago que hiera con sus dudas, la fe del alma abatida. Jesús, tu interior no es el subsuelo de una caverna fría, es el santuario adonde refugias al alma que con todos sus porqués se te confía.
Jesús y yo en una sola tertulia de comunión. Y se oye en el teatro del cosmos el nuevo dúo de corazones. Jesús, en tu voz melódica y dulce, no se escucha ningún boceto de reclamos. Señor, eres condescendiente, no indulgente. La incredulidad no patrocinas pero suspiras por el incrédulo más inculto. Al escéptico siempre amas aunque con sarcástico intelecto tu bondad ignore. Y del creyente no eres distante, ni padeces alguna vergüenza, aunque frecuente éste una vieja ermita a rezarte cada cianuro de dudas. Fundida entre tus brazos el alma no quiere más saciar ningún porqué, pero ella tan sólo sueña sobre sus versos, saciarse enquistada en una intimidad infinita a solas contigo.
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