Y dormitas Jesús mi demencia emocional. Con el cielo de tu voz dorada llegas suave y justo, pacífico y seguro. A mi pálido corazón refugias bajo el corinto cálido tuyo. Y escucho tus latidos bombear en lugar de los mustios míos. En tu interior no triunfará ningún cruel destino. Y aquí la suerte intrusa no ahogará nuestros suspiros. Señor, en tu intimidad no se desvanecerán nuestras estrellas. Eres Jesús la esperanza para el diagnóstico de calendario. El húmedo afecto para otros labios en el desierto de la espera.
Jesús, tu amor no me insinúas restringido. Eres intenso en nuestros frágiles instantes. La sabia eterna en mis versos sin rima. El oído para nuestros silencios de asilo. Eres el nombre para el hijo no reconocido. Eres compasivo, no posesivo. Y te revelas afectuoso en la vitrina de una lágrima. No eres Señor el placebo del alma; eres presencia en el pecho que vaga con el corazón a la distancia. En tus ojos se recuerda el amor sin memorias. Eres el nuevo horizonte para el cielo en matrimonio que cayó al piso.
Eres Jesús el pigmento en los contornos lívidos del alma. El aplauso de logros interrumpidos. La serenata para el romance plateado. Al pecho erótico no embriagas y desde adentro lo desbordas. Eres sobrenatural y no falacia mental. Eres palabra pero no te defines en diccionarios. Te asomas santo en el sombreado de una imagen prohibida, y te explicas en un corazón tatuado de accidentes. Trae Jesús, con tu voz: el orden a nuestros caos; con tu mirada: la luz a la conciencia, y con tus latidos: el amor a mi existencia.

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